LA PROFUNDIDAD DE LO SIMPLE

En una carretera secundaria muy cercana a nuestro pueblo, voy circulando con mi coche con normalidad hasta que, al cruzar un pequeño puente, veo un bulto justo en el centro de la calzada. 

 

Reduzco la velocidad e intensifico mi atención hacia este punto para intentar conseguir confirmar a distancia lo que ya me había parecido a primera vista. Me acerco despacio hasta que por fin… puedo verla. 

 

Paro el coche en medio del puente, me bajo de este y camino hacia una pequeña «ensaimada» viviente… una preciosa culebra de escalera (Zamenis scalaris) que estaba enroscada en el centro de la carretera y al calor del asfalto. Sus listones en forma de peldaños en su dorso confirman la identidad de dicha especie y también nos indican que se trata de un ejemplar juvenil.

 

La recojo con cuidado, está tranquila… algo aletargada porque ha refrescado bastante en estos días de finales de primavera. En un punto al final del puente y unos cuantos metros hacia campo a dentro para evitar que vuelva a la vía y pueda ser atropellada, la libero con una sonrisa en mi rostro mientras observo cómo se pierde entre la espesura de la hierba espontánea.

 

¿Qué ha pasado? ¿Por qué me aventuro a coger a una serpiente corriendo el riesgo de que me pueda morder? ¿Por qué no le he hecho daño? ¿Por qué no he seguido sin detenerme?

 

Pues efectivamente, la culebra podía haberme mordido, pero ya sabía yo que su mordedura sería totalmente inofensiva y que apenas me hubiera podido atravesar la piel; no la maté porque es un animal muy beneficioso para el medio y también para los intereses humanos y no seguí por mi camino como si nada hubiera visto porque sentí que debía de sacarla de un lugar donde realmente corría peligro.

 

Todo esto… el tomar una serie de decisiones correctas en una situación determinada ha sido fruto del conocimiento pero, ¿por qué cuento esto?, pues porque al hilo de lo que voy a exponer a continuación, es un ejemplo perfecto de que «conocer nuestro medio» es lo más positivo para el «Hombre» desde el más estricto punto de vista evolutivo.

 

Hace 10.000 años, nuestra especie precisaba de un conocimiento casi total del mundo faunístico y botánico que le rodeaba, pues tan solo era una especie más dentro de un ecosistema concreto… solo una pieza más de este maravilloso puzle que es la vida, donde todo pasa por algo y en el cual, todos los seres tienen una relación directa entre sí y con el medio que les rodea.

 

Pero esto ha cambiado y en términos generales, el ser humano se va alejando de «lo vivo» generación tras generación. Mientras nuestro medio se degrada y nuestras especies se extinguen silenciosamente, seguimos con lo nuestro como si no nos afectara en absoluto.

 

Es realmente triste para mí, ver como los niños han dejado de reconocer el medio y al mismo tiempo han dejado de reconocerse a ellos mismos como especie.

 

Incluso en entornos más o menos rurales como el nuestro, los animales han dejado de ser la pasión, el pasatiempo, el juego y la alegría que, en las vidas de esos otros niños de hace tan solo unas décadas, eran absolutamente vitales.

 

Los juegos consistían en buscar nidos, «pillar» ranas, cazar pajarillos o bañarse en aguas con «obas». En esas idas y venidas a través de arroyos y barrancos, estos niños se iban desarrollando como «individuos» del medio, si no totalmente, sí lo suficiente como para que pudieran reconocer perfectamente su entorno… sus plantas, sus animales y su comportamiento e incluso con interacción directa.

 

Estos juegos de dudosa moralidad e ilegales por otra parte, en el contexto de una vida carente de estímulos tecnológicos y redes sociales, fueron dotando a estas generaciones pasadas de unos conocimientos que, en la mayoría de los casos y con la madurez que te dan los años, han conseguido hacer de esos niños que buscaban nidos de cernícalos en el castillo o pillaban ranas en los «chilancones», personas conocedoras de las especies y lo más importante…defensoras de las mismas.

 

Como si de algo sagrado se tratara, como un implacable soporte emocional y como si estos animales hubieran dejado en el psiquismo del niño primero y en la mente ya madura del hombre después, el recuerdo imborrable de una infancia feliz, pasaron de ser perseguidos por una evidente falta de información a ser protegidos por una madurez y una capacidad de análisis que solo te dan los años.

 

Evidentemente, no todas las personas que se desarrollaron en estas circunstancias son a día de hoy defensoras de la naturaleza, ni mucho menos… también los hay quienes aprovechan estos conocimientos adquiridos como «gente de campo» para seguir haciendo daño e incluso a mayor escala, pero en un gran porcentaje y por lo que he podido comprobar, hay una connotación global bastante positiva en este asunto.

 

Los niños de hoy pueden reconocer como se distribuyen los planetas en el universo, pero apenas reconocen a nuestro vecino el gorrión o al estornino que canta desde la antena de su tejado. 

Esto es una pésima noticia porque como es bien sabido por todos, «para proteger hay que conocer primero».

 

Bajo mi punto de vista, tal vez deberíamos de levantar el pie del acelerador de vez en cuando a la hora de enseñar en las escuelas y empezar por el principio.

 

¿Qué es lo que tenemos delante de nuestros ojos? ¿un «bicho» con una forma y unos colores determinados? pues… vamos a saber qué es, que beneficios aporta a la comunidad ecológica, qué problemas de conservación presenta y vamos a ponernos las pilas para que no desaparezca… a raíz de aquí, podemos empezar a profundizar hasta el conocimiento infinito, pero siempre con una base esencial.

 

Son los niños y niñas quienes protegerán a nuestras especies en el futuro… futuro que, por otra parte, se presenta cada vez más negro medioambientalmente hablando, por lo que la divulgación debe de ser más palpable, más cotidiana y más efectiva desde un punto de vista de cercanía.

 

Un grupo de niños con prismáticos al cuello y un profesor o profesora explicándoles cada pequeño milagro que ocurre a su alrededor… en el parque donde juegan a diario o incluso en los patios y jardines del colegio, no debe de ser algo exclusivo de asociaciones y empresas de turismo ecológico sino de la propia administración y comunidad educativa.

 

Esto es un trabajo de todos y entre todos debemos de ir facilitando a nuestros hijos el tener la oportunidad de conocer el lugar donde viven porque, a mi modo de ver, seguimos sumidos en una idea equivocada… lo moderno y la vida alejada de «la vida»… algo que nos está haciendo más infelices dentro de nuestra burbuja de seres superiores.

 

Todo nos molesta… los árboles con sus hojas caedizas, los pájaros con sus defecaciones en nuestros impolutos vehículos, las «pelás», las «bichas», los murciélagos, los «hierbajos», los ruidos de las aves en sus dormideros y el ulular de las aves nocturnas.

 

Al mismo tiempo todos queremos la sombra del árbol en verano, las noches libres de mosquitos; la frescura, la humedad y la belleza de las flores silvestres y pocos roedores en nuestros campos de cultivo. ¿En qué quedamos entonces?

 

Si empezamos a conocer de verdad, alejados de estigmas y creencias absurdas… si empezamos a ver la belleza de cada ser como un ser único e insustituible dentro de este castillo de naipes que es nuestro mundo y en el cual, cada carta sostiene a todas las demás… si empezamos a entender que no somos los dueños de nada sino que tan solo somos una pieza más… y solo si empezamos a reconectarnos de nuevo con la vida, volveremos a la felicidad del niño que no necesita de una pantalla de móvil para reír.

 

Se trata de volver atrás… a la profundidad de lo simple.

 

Rubén Zafra Rodríguez   

        27 de septiembre de 2025

 

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