LA MUERTE EN SILENCIO

Nunca sabes cuando ha llegado tu día… vives sin miedo a lo cotidiano y buscándote la vida con una ligera certeza de que no hay más peligro que el que, el destino traicionero te pueda poner en el camino en un arrebatado y cruel ataque de celos.

 

Si eres un ave, esa posibilidad de morir cuando no toca, se multiplica en un porcentaje elevadísimo.

 

Un día, aparentemente de lo más normal, una de estas aves se posa en una de las diabólicas torretas de la muerte y es fulminada por un rayo… un rayo que no proviene del cielo, sino que parece venir de lo más profundo de la tierra y que le ha quemado las entrañas.

 

Quizás lo que debería ser una encina centenaria, un hermoso quejigo donde poder posarse a cierta altura para otear el horizonte buscando su comida o donde simplemente poder descansar, no es más que una estructura humana que mata.

 

Miles de aves mueren diariamente en cientos de tendidos eléctricos que son auténticas trampas silenciosas… trampas que no tienen prisa para matar… están ahí, veinticuatro horas al día y todos los días del año. Trampas que no hacen ruido, ni siquiera nos damos cuenta de que están ahí pero que se han convertido en una auténtica tragedia para nuestra avifauna.

 

Y nosotros, los que vivimos sin miedo a morir, ¿qué hacemos? pues algunos, mirar para otro lado, otros mirar con indiferencia y los que menos, lamentar cada vida perdida que queda desparramada a los pies de un maldito poste.

 

Pero estos pocos, no sé limitan a llorar, no… al contrario, ven en cada ave electrocutada… en cada águila, en cada cigüeña, en cada búho… una nueva oportunidad, un nuevo símbolo de lucha y un arma con la que seguir peleando en una batalla en la que, a pasitos pequeños pero firmes, se van consiguiendo objetivos.

 

Pero queda mucho trabajo y solo con la buena voluntad de las instituciones, de las empresas eléctricas y de los propietarios de los tendidos junto con técnicos, naturalistas y grupos ecologistas, se podrá poner fin a esta masacre.

 

Exigimos más esfuerzos por parte de la administración, más contundencia a la hora de hacer cumplir las ordenanzas medioambientales, más compromiso de los propietarios de tendidos privados y más coordinación de los grupos ecologistas y naturalistas en general para que lo cotidiano, deje de ser la muerte silenciosa en un medio cada día más hostil para nuestra fauna.

 

Rúben Zafra

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