¡ECOLOGÍA Y ANIMALISMO...NO ES LO MISMO!

A veces solemos confundir «la velocidad con el tocino» y caemos en la torpeza de llamar «animalismo» a todo lo referente a la protección y conservación de especies animales.

 

En un principio y al inicio de este movimiento «animalista», con su llegada por medio de algunos partidos políticos a las instituciones, algunos llegamos a creer que acababa de nacer un nuevo concepto remando a favor de la conservación, con más fuerza y con un respaldo social tan importante que ya se estaba reflejando en las urnas de una manera más que evidente. Pero bastó un día y medio para darnos cuenta de que la realidad era muy diferente y que el movimiento animalista, poco o nada tiene que ver con la ecología.

 

¿Cuál es la diferencia? Pues muy sencillo… el animalismo nunca fue de la mano de la ciencia y la ecología es, en sí misma, una ciencia. Es por ello por lo que los encontronazos no tardarían en llegar.

 

Un movimiento social de personas que, con una gran capacidad de empatía, defienden a capa y espada los derechos de los animales como seres vivientes, es algo que no deja de ser positivo pero hay matices que no podemos dejar escapar.

 

¿Qué animales hay que proteger? ¿Cuál es el precio que debe de pagar un medio concreto por la defensa a ultranza de unas especies determinadas? ¿Hay límites en la sobreprotección de algunas especies foráneas aún sabiendo que, científicamente hablando, no tienen cabida en nuestro ecosistema?

 

Todas estas preguntas tienen muy fácil respuesta por parte de animalistas y ecologistas pero antagónicas unas respuestas y otras.

 

Una persona que se considera animalista y que no tiene una visión conservacionista puede defender los derechos de algunas especies con carácter más o menos doméstico y sin ninguna visión más allá del estricto «bienestar del animal» pero, ¿qué sabe del galápago europeo o del aguilucho cenizo, por ejemplo?, ¿sabe de sus problemas?, ¿sabe algo de la ecología de estas especies?, ¿a caso estas especies no merecen la misma vehemencia a la hora de ser protegidas por no ser lo suficientemente populares?.

 

Sin duda, habrá quién tenga respuestas a todas estas cuestiones pero si hablamos en términos generales y usando un ejemplo bastante representativo… a caso esa vecina que alimenta (con toda la buena fe del mundo) a una colonia de gatos asilvestrados en su comunidad ¿sabe algo de los problemas ecológicos que pueden llegar a ocasionar sus «preciosos gatitos» en detrimento de otras especies que, por otra parte, pueden ser auténticas joyas de nuestros ecosistemas?, ¡difícilmente!

 

Estaremos todos de acuerdo en que millones de años de evolución de una especie, (la que sea), no pueden estar en manos de personas que, con buen corazón, pero sin ningún criterio científico ni un adecuado conocimiento del medio, están poniendo boca abajo los cimientos de nuestro patrimonio natural.

 

La tenencia responsable de nuestras mascotas, manteniéndolas bajo control en todo momento evitando el salto a la vida salvaje de las mismas y olvidarnos de sentimentalismos absurdos a la hora de asimilar medidas correctoras realmente efectivas, no nos hace peores humanos sino todo lo contrario, demuestra una madurez de análisis y un compromiso con el mundo que nos rodea.

 

Y no, no es cosa de «depredadores y presas», tampoco de «cadenas tróficas» porque esto es algo mucho más complejo de lo que no todo el mundo tiene la legitimidad de poder hablar. Para poder opinar sobre este tema concreto hay que conocer cómo funcionan los ecosistemas y desgraciadamente hay demasiada confusión sobre una cuestión que, siendo tan elemental, tendemos a usarla a nuestro antojo intentando arrimar «el ascua a nuestra sardina» cuando en realidad, solo hay un camino correcto… el camino de la ciencia… el camino de la verdad.

 

En un mundo en el cual cada vez somos más esclavos de las redes sociales, de los medios de comunicación y de los partidos políticos creo que es hora de empezar a escuchar a los científicos y a los miles de naturalistas que (no siempre con financiación suficiente), se pasan su vida haciendo trabajos de campo o laboratorio e intentando aplicar sus conocimientos en favor de la conservación, el equilibrio natural del medio y el bienestar global de todos los seres del planeta.

 

Es la ciencia la encargada de explicarnos al mundo entero el por qué pasan las cosas, que cosas son buenas y cuáles son malas para nuestro medio, profundizando mucho más allá del término «animal» e intentando poder seguir divulgando conocimientos sobre todo lo relacionado con la vida ya sea animal, planta, hongo o bacteria.

 

Es evidente que el movimiento animalista ha conseguido importantísimos avances en cuanto al bienestar animal se refiere y por otra parte e indudablemente, es algo que hay que celebrar, pero hasta el día de hoy, le ha faltado un importantísimo paso… agarrarse de la mano de los verdaderos sabios, entender que no podemos hacer de nuestro amor por la fauna un infinito mundo de «ñoñería y falsa moral» y subirse al único carro que nos garantiza un destino que nos permita poder soñar con un mundo mejor, el camino de la ciencia… mientras ese día no llegue…

 

No, ecología y animalismo…¡¡¡no es lo mismo!!!

Rubén Zafra Rodríguez

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