¿Cuidan los cazadores la naturaleza o gestionan un recurso?

Es uno de los argumentos que más se repite cuando se habla de caza:

«Los cazadores somos quienes más cuidamos la naturaleza, porque damos de comer y de beber a los animales.»

¿Cuidan los cazadores la naturaleza o gestionan un recurso?

 

Es uno de los argumentos que más se repite cuando se habla de caza: «Los cazadores somos quienes más cuidamos la naturaleza, porque damos de comer y de beber a los animales.»

 

A primera vista, la afirmación puede parecer lógica. Si alguien instala bebederos, comederos o mejora el hábitat de una especie, está realizando una acción que, aparentemente, beneficia a la fauna. Sin embargo, desde el punto de vista de la ecología, esta afirmación mezcla dos conceptos que no significan lo mismo: conservar la naturaleza y gestionar especies para un aprovechamiento humano.

 

La diferencia no es un simple matiz; es una cuestión de objetivos.

 

Conservación y gestión no son sinónimos

 

La conservación de la naturaleza busca mantener la biodiversidad, proteger los procesos ecológicos y preservar el equilibrio de los ecosistemas. No distingue entre especies «útiles» e «inútiles», ni entre especies que generan beneficios económicos y las que no.

 

La gestión cinegética, por el contrario, tiene un objetivo muy concreto: mantener poblaciones suficientes de especies cazables para garantizar la continuidad de la actividad cinegética.

 

Esto no significa que toda gestión cinegética sea perjudicial para la naturaleza. En muchos casos puede favorecer determinados hábitats e incluso beneficiar a otras especies. Pero el objetivo principal no deja de ser la gestión de un recurso natural destinado a un aprovechamiento.

 

Los estrategas r: las especies que interesa multiplicar

 

Aquí resulta útil recurrir a un concepto clásico de la ecología: las estrategias r y K.

 

Aunque hoy sabemos que esta clasificación es una simplificación y que muchas especies presentan características intermedias, sigue siendo una herramienta muy útil para entender cómo se reproducen y evolucionan las poblaciones.

 

Las especies conocidas como estrategas r producen muchas crías, alcanzan rápidamente la madurez sexual y pueden recuperar sus poblaciones en poco tiempo cuando las condiciones son favorables.

 

Entre ellas encontramos especies como la perdiz roja (Alectoris rufa), el conejo (Oryctolagus cuniculus), o  en muchas zonas, el jabalí (Sus scrofa): precisamente algunas de las principales especies de interés cinegético.

 

No es casualidad que buena parte de los esfuerzos de muchos cotos se dirijan a estas especies. Comederos, bebederos, cultivos para la fauna, mejoras del hábitat o incluso repoblaciones tienen un objetivo evidente: aumentar la disponibilidad de animales para la caza.

 

Desde un punto de vista biológico, no se está conservando el ecosistema; se está incrementando la productividad de determinadas poblaciones.

 

Los estrategas K: los grandes olvidados

 

Las especies estrategas K siguen una estrategia completamente distinta.

 

Tienen pocas crías, maduran lentamente y necesitan muchos años para recuperar sus poblaciones cuando estas disminuyen.

 

Especies como el lince ibérico (Lynx pardinus), el águila imperial (Aquila adalberti), entre otras especies.

 

Su supervivencia no depende de colocar más comida en el monte.

 

Depende de conservar grandes extensiones de hábitat, mantener la conectividad entre poblaciones, reducir la mortalidad causada por el ser humano y preservar el funcionamiento natural del ecosistema.

 

Precisamente por eso, proteger a estas especies suele ser mucho más complejo y costoso que favorecer el aumento de especies cinegéticas.

 

Un ecosistema no funciona como una granja

 

La ecología moderna lleva décadas demostrando que los ecosistemas funcionan gracias al equilibrio entre todas las especies que los componen.

 

Depredadores, presas, carroñeros, insectos, hongos, plantas y microorganismos forman una red de relaciones que mantiene estable el sistema.

 

Cuando se favorece artificialmente a unas pocas especies porque interesan económica o recreativamente, se está alterando esa red natural.

 

Un ecosistema sano no es aquel que tiene muchos animales cazables.

 

Es aquel que mantiene sus procesos ecológicos funcionando con la menor intervención humana posible.

 

Por eso, alimentar determinadas especies no equivale necesariamente a conservar la naturaleza.

 

Del mismo modo que alimentar vacas no convierte automáticamente a un ganadero en conservacionista, aumentar la población de conejos o perdices no significa que se esté protegiendo la biodiversidad.

 

¿Todos los bebederos benefician a la fauna?

 

Otro aspecto del que apenas se habla es el mantenimiento de los bebederos artificiales.

 

Durante el verano, muchos de estos recipientes permanecen completamente expuestos al sol y los surten bidones de plástico. En bebederos pequeños, poco profundos y sin sombra, el agua puede alcanzar temperaturas muy elevadas, incluso próximas a 40-50 °C, dependiendo de la radiación solar, el material del recipiente y el tiempo de exposición. En esas condiciones, el agua pierde calidad y deja de parecerse a una fuente natural.

 

Además, los bebederos concentran a numerosos animales en un mismo punto. Palomas, tórtolas, córvidos, pequeños pájaros, mamíferos e incluso ganado pueden utilizar el mismo recipiente a lo largo del día. Esta concentración favorece la acumulación de excrementos, materia orgánica y microorganismos, aumentando el riesgo de transmisión de enfermedades si no existe una limpieza y renovación periódica del agua.

 

Las palomas cimarronas (Columba livia) como otras aves silvestres, pueden portar bacterias y parásitos que viven en su cavidad bucal y contaminar el agua al introducir el pico. Entre los patógenos de mayor interés sanitario se encuentran bacterias del género Salmonella, cepas patógenas de Escherichia coli, tricomoniasis producida por Trichomonas vaginalis y protozoos como Cryptosporidium, responsables de la salmonelosis, determinadas infecciones por E. coli y la criptosporidiosis. Estos microorganismos pueden afectar a otras aves, a mamíferos silvestres, al ganado e incluso a las personas cuando existe exposición a agua contaminada.

 

Por este motivo, numerosos estudios sobre sanidad de la fauna advierten de que los puntos de agua artificiales, cuando concentran un gran número de animales y no reciben un mantenimiento adecuado, pueden convertirse en focos de transmisión de enfermedades. Es un fenómeno conocido en ecología como transmisión dependiente de la densidad: cuanto mayor es la concentración de individuos utilizando el mismo recurso, mayor es la probabilidad de contagio.

 

Esto no significa que todos los bebederos sean perjudiciales. Bien diseñados, ubicados en zonas sombreadas, con agua renovada y sometidos a un mantenimiento periódico, pueden resultar útiles en determinadas circunstancias. Sin embargo, presentar cualquier bebedero como una prueba de que se está «cuidando la naturaleza» ignora que estas infraestructuras también pueden generar efectos negativos cuando su gestión no es la adecuada.

 

La conservación de la biodiversidad exige evaluar tanto los beneficios como los riesgos de cada actuación. En ecología, una intervención no se considera positiva únicamente por sus buenas intenciones, sino por sus efectos reales sobre la salud de los ecosistemas y de las especies que los habitan.

 

La diferencia está en el objetivo

 

La cuestión no es si colocar un bebedero beneficia a un conejo. Evidentemente puede beneficiarlo.

 

La pregunta relevante es ¿por qué se hace?

 

Si el objetivo es aumentar la densidad de especies cinegéticas para mantener la actividad de la caza, estamos hablando de gestión de recursos naturales.

 

Si el objetivo fuera conservar la biodiversidad, el esfuerzo se dirigiría igualmente hacia especies sin interés cinegético, hacia los grandes depredadores, hacia los polinizadores, hacia la flora silvestre o hacia la restauración de ecosistemas completos.

 

La conservación no selecciona especies por su utilidad para el ser humano.

 

Protege el funcionamiento del conjunto del ecosistema.

 

Una aclaración científica necesaria

 

El modelo de los estrategas r y K fue desarrollado en la década de 1960 dentro de la teoría de la ecología de poblaciones y tuvo una enorme influencia durante décadas. Sin embargo, la biología actual considera que es una simplificación, ya que las estrategias reproductivas son mucho más diversas y muchas especies presentan características intermedias.

 

Aun así, el modelo sigue utilizándose con fines didácticos porque ayuda a comprender una idea fundamental: no todas las especies responden igual a las alteraciones del medio ni necesitan las mismas medidas de conservación.

 

Y precisamente ahí reside el error del argumento de que «dar de comer a los animales es cuidar la naturaleza». Favorecer especies muy prolíficas puede aumentar su abundancia, pero eso no implica conservar la biodiversidad ni mantener el equilibrio ecológico.

 

Conclusión

 

Confundir gestión cinegética con conservación de la naturaleza es un error conceptual.

 

La gestión cinegética persigue mantener un recurso para su aprovechamiento. La conservación pretende preservar el funcionamiento del ecosistema y proteger la biodiversidad en su conjunto.

 

Ambos objetivos pueden coincidir en algunos aspectos, pero no son equivalentes.

 

Porque cuidar de una especie para obtener un beneficio no es lo mismo que cuidar de un ecosistema para garantizar su equilibrio.

 

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